El futuro emperador Marco Ulpio Trajano nació en Itálica, cerca de Sevilla, el 18 de septiembre del año 53 d.C. Contra lo que siempre se ha dicho, su familia no sería de remoto origen italiano, sino verdaderamente autóctona, de la Turdetania, región que coincidía en parte con lo que después sería la Bética romana. Su posible tercer abuelo, Marcus Trahius, un turdetano romanizado, había sido praetor (equivalente a alcalde) de la prestigiosa colonia latina de Itálica ya entre 100 y 70 a.C. (1)
En octubre del año 97 d.C., la elección por el viejo y efímero emperador Nerva del general Trajano como hijo adoptivo, y con ello césar y sucesor, causó gran sorpresa en Roma. Pero no por el tópico de que fuera el primer emperador nacido fuera de Italia (63 años atrás, ya el célebre Claudio había nacido en la francesa Lyon), sino porque iba a ser el primero de extracción rigurosamente provincial y no italiana (“de otra etnia”, afirma Dión Casio), y porque traía nuevos valores y virtudes, según reconocía explícitamente en el siglo IV el historiador romano Aurelio Víctor: “Roma prosperó sobre todo gracias a los méritos de los emperadores extranjeros y a las cualidades importadas... ellos fueron bastante mejores”. Trajano, en efecto, llega al poder aupado por un importante clan de senadores hispanos, liderados por el riquísimo y seguramente italicense Lucio Licinio Sura (protector también del joven Adriano, y donante del tarraconense arco de Bará) (2). Con el Ulpio comenzó una nueva y verdadera dinastía, que abarca todo el siglo II d.C., una centuria que el prestigioso historiador Edward Gibbon, a fines del XVIII, calificó como “la mejor en la Historia del Mundo”, sin reconocer sin embargo que eran hispanos. Porque en la realidad se sucedieron en ese siglo seis emperadores de orígenes y familias béticas, todos dependientes entre sí y entroncados con Trajano y con su sobrino-nieto y heredero, el citado e igualmente italicense Publio Aelio Adriano. A simple vista, la definición históricamente más justa sería la de “dinastía ulpio-aelia” o “los ulpio-aelios” (3). Sin embargo, tan masiva presencia y buen hacer hispanos debían de ser difíciles de digerir para los historiadores europeos de los siglos XVIII y XIX, a causa de los odios que por entonces suscitaba España como potencia rival; así que desde Gibbon se han venido empeñando (y lo siguen haciendo mayoritariamente, aunque ahora sea de una forma mecánica) en llamarla “dinastía antonina” y “los Antoninos”.
La aceptación del hecho real –que requiere admitir que la vieja Hispania devolvió su conocida “Romanización” con una subsiguiente “Hispanización de Roma” (4)– permitirá reconocer como idiosincrasias no comprobadas en los reinados anteriores algunas cualidades ya presentes en Trajano, como un cierto sentimiento humanista al reinar (bien reflejado en sus llamadas “instituciones alimentarias”), o el espíritu estoico, típicamente senequiano, del que sería el más destacado representante Marco Aurelio, “el emperador filósofo”, bisnieto, nieto e hijo de los Annios de Espejo (Córdoba). Dejaremos aparte algunas faltas, leves en su época, como el gusto de Trajano por los jovencitos o su inclinación a la vinolentia, ambas típicas del mundo militar en el que se desenvolvió casi siempre, pero reconocidas y controladas por el propio emperador.
Las muchas realizaciones de Trajano durante su reinado son bastante conocidas, y por ello no insistiré en ese aspecto. Pero sí quería recordar ahora un rasgo de nuestro paisano mucho menos conocido: El ser el único pagano que consiguió entrar en el Paraíso.
Cierto día en que Trajano salía de Roma al frente del ejército, a caballo, refulgente de oro y rodeado de oficiales, soldados y banderas, se puso ante él una pobre viuda, llorando afligidamente y reclamándole que hiciera justicia a su hijo, que había sido asesinado por unos que seguían libres. Desde el caballo, Trajano le dijo que en cuanto volviera de la guerra atendería su petición. Ella le preguntó qué ocurriría si no regresaba. El emperador le dijo que entonces su sucesor se haría cargo de hacerle la justicia que pedía. Ella insistió: “¿Y si tu sucesor no respeta lo que tú me prometes ahora? La justicia que tú me aplazas es deuda tuya, y si otro la paga o no, eso no te liberará a ti de haber incumplido”. Este argumento convenció a Trajano porque, en efecto, él era el responsable de que ese crimen fuera castigado y no podía diferir ese deber. Así que detuvo la expedición, realizó el juicio y castigó a los culpables, tras lo cual salió hacia la guerra.
Quinientos años después, al leer esta anécdota, el papa Gregorio Magno (590-604 d.C.) quedó tan conmovido por tamaño ejemplo de justicia y humildad, que se llegó junto a la tumba de Trajano (al pie de ese primoroso álbum de mármol que es su famosa “Columna”), mandó exhumar sus restos y comprobó que todo estaba reducido a tierra menos los huesos y la lengua, lo que demostraba que la boca del “mejor de los príncipes” nunca había faltado a la verdad y la justicia, y que por ello merecía estar en el Cielo aunque hubiera sido un idólatra. Comenzó a rezar persistentemente para que Dios le concediera que Trajano volviera a la vida durante el tiempo necesario para arrepentirse (ya que había ordenado varias persecuciones contra los cristianos), y de este modo su alma pudiera reunirse en el Paraíso con las de los demás justos. Dios, en efecto, se lo concedió, aunque un ángel se apareció poco después al Papa prohibiéndole volver a pedirle a Dios algo parecido.
Así fue como Marco Ulpio Trajano, el emperador óptimo, salió del Infierno y entró en el Paraíso, aunque en vida nunca había dejado de ser un pagano y más bien había estado bastante lejos de ser cristiano. La anécdota y ambos supuestos milagros (tan difícil era que se conservara intacta la lengua de Trajano como que resucitara momentáneamente) fueron inmortalizados por Dante Alighieri en su Divina Comedia (Purgatorio, canto X, vv. 73-93, ante el relieve de la clemencia de Trajano), seguramente tomándolos de la Vida de San Gregorio Magno (siglo IX) y de su maestro el escritor Brunetto Latini (m. en 1293). Con ellos aquel gran bardo italiano quiso ilustrar el valor de la humildad, la compasión y el sentido de la justicia como virtudes que deben guiar siempre a los buenos gobernantes.
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Notas
(1) Alicia M. Canto, Las raíces béticas de Trajano. Los Traii de la Itálica turdetana y otras novedades sobre su familia (Fundación Itálica de Estudios Clásicos), Sevilla-Córdoba 2003, desarrollando el anterior «Los Traii béticos: novedades sobre la familia y los orígenes del Trajano», en: Trajano, edd. J. Alvar y J. M. Blázquez, Madrid, Colección Actas, 2003, págs. 33-73.
(2) Ead., «CIL VI, 10229: ¿El testamento de Licinio Sura?, Chiron (Munich) 21, 1991. págs. 277-324.
(3) Ead., «La dinastía Ulpio-Aelia (98-192 d.C.) : ni tan 'Buenos', ni tan 'Adoptivos', ni tan 'Antoninos'», Gerión (UCM) 21.1, 2003, págs. 305-347 (el título hace referencia a las tres denominaciones clásicas de los emperadores romanos del siglo II d.C. desde el siglo XVIII: "the (five) Good Emperors", "die Adoptivekaiser", "the Antonines"), resumen en: ; y ahora "Advenae, externi et longe meliores: la dinastía ulpio-aelia", II Incontro Internazionale di Storia Antica e "Borghesi 2004", Génova, oct. 2004, en prensa.
(4) Para lo que creo fue un verdadero asalto al trono del clan de hispanos: «Saeculum Aelium, saeculum Hispanum: Promoción y poder de los hispanos en Roma», en el catálogo de la exposición Hispania. El legado de Roma. En el año de Trajano, Ministerio de Cultura, 1ª ed. Madrid-Zaragoza, 1998, págs. 209-224; 2ª ed. Mérida, 1999, págs. 233-251, que desarrollé más años después, en el artículo citado aquí en la nota 3.
Trajano;
ulpio-aelios;
Gregorio Magno
Busto de Trajano, Museo Británico, Londres, foto (c) Barbara McManus, 1999